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domingo, 27 de febrero de 2011

EL GALLO DESPERTADOR

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Marian, Amelia, lo prometido es deuda, aquí va uno de Gloria Fuertes

EL GALLO DESPERTADOR

Kikirikí,
estoy aquí,
decía el gallo
Colibrí.

El gallo Colibrí
era pelirrojo,
y era su traje
de hernoso plumaje.

Kikirikí.
Levántate campesino,
que ya está el sol
de camino.

—Kikirikí.

Levántate labrador,
despierta con alegría,
que viene el día.

—Kikiriki.

Niños del pueblo
despertad con el ole,
que os esperan en el «cole».

El pueblo no necesita reloj,
le vale el gallo despertador.


Poemas de Gloria Fuerte

domingo, 13 de febrero de 2011

SIEMPRE

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SIEMPRE que pienso una cosa, la traiciono.
Sólo teniéndolo ante mí debo pensarla.
No pensando, sino viendo.
No con el pensamiento, sino con los ojos.
Una cosa que es visible existe para verse,
Y lo que existe para los ojos no tiene que existir para el pensamiento;
Sólo existe verdaderamente para el pensamiento y no para los ojos.

Miro, y las cosas existen.
Pienso y existo solo yo

domingo, 23 de enero de 2011

RETRATO

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Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,
y un huerto claro donde madura el limonero;
mi juventud, veinte años en tierras de Castilla;
mi historia, algunos casos que recordar no quiero.

Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido
—ya conocéis mi torpe aliño indumentario—,
más recibí la flecha que me asignó Cupido,
y amé cuanto ellas puedan tener de hospitalario.

Hay en mis venas gotas de sangre jacobina,
pero mi verso brota de manantial sereno;
y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina,
soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.

Adoro la hermosura, y en la moderna estética
corté las viejas rosas del huerto de Ronsard;
mas no amo los afeites de la actual cosmética,
ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar.

Desdeño las romanzas de los tenores huecos
y el coro de los grillos que cantan a la luna.
A distinguir me paro las voces de los ecos,
y escucho solamente, entre las voces, una.

¿Soy clásico o romántico? No sé. Dejar quisiera
mi verso, como deja el capitán su espada:
famosa por la mano viril que la blandiera,
no por el docto oficio del forjador preciada.

Converso con el hombre que siempre va conmigo
—quien habla solo espera hablar a Dios un día—;
mi soliloquio es plática con ese buen amigo
que me enseñó el secreto de la filantropía.

Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito.
A mi trabajo acudo, con mi dinero pago
el traje que me cubre y la mansión que habito,
el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.

Y cuando llegue el día del último vïaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar.